lunes, 28 de junio de 2010

Hablar por tu cuenta

Si hay un elemento que resaltar en la problemática del aislamiento y la exclusión de los pueblos originarios, es el dela comunicación entre ellos y los no aborígenes, siempre atravesada por los intereses de los poderosos, producida mediante medios que ya en si mismos fueron y son herramientas de dominación, y en la cual las realidades se distorsionan, se mediatizan, y no se ven igual, no significan lo mismo para unos que para otros.

Quizás las armas, la cárcel, la pobreza, hayan sido protagonistas de la dominación de las culturas nativas por parte de las culturas conquistadoras, pero ninguna de ellas podría haber existido si no hubiera habido discursos que las legitimen, que les den razón de ser, que nos hagan creer que está bien que los aborígenes estén lejos de nosotros, que no tengan acceso a la tecnología, que sean pobres, y hasta (como aún pasa en Chile con los mapuches) que sean perseguidos por la policía y puestos tras las rejas.

Las batallas mas cruentas de toda guerra de dominación se libran dentro de las cabezas. Para eliminar las posibilidades de que los oprimidos se levantasen, se instaló la idea de que ellos estaban bien así, incluso quizás mejor que antes.

Documentos como “La guerra por otros medios” nos muestran que hoy ha llegado la hora de que los pueblos olvidados de Latinoamérica demuestren que están ahí, que no son inferiores a nadie, y que forman parte de la sociedad que los intenta excluir.

Este cambio debe ser producido por ellos, como lo demuestran experiencias como las de “Video en las aldeas”. Mediante el acceso a las tecnologías y las técnicas necesarias para usarlas (Y con esto me refiero no sólo a la comunicación “hacia fuera”, sino también al acceso a los medios de comunicación que les llevan una visión de lo que pasa en el mundo exterior, y al “saber como usarlos”, porque no se trata de tener una cámara y un televisor y nada mas, hay que saber cómo registrar lo que nos acontece, y cómo leer críticamente lo que los demás nos muestran) y sin que nadie los condicione en lo que hacen. Hablando por cuenta propia, no en base a los intereses de algún político, o alguna empresa.

Nosotros debemos ayudarlos, claro está, poniendo en duda las ideas que nos decían que “el indio vive feliz en la selva”, ayudando a que se les suministre lo necesario para expresarse y estimulándolos para que lo hagan, para que entiendan lo importante, pero ellos son los que deben mostrar que tienen potencial, que saben que quieren lograr, que hacer… En otras palabras, que no son tontos, como se los quiere pintar.

Algunos hechos recientes, como el bicentenario de los pueblos, y la puesta en marcha de la ley de servicios audiovisuales, nos dan buenas expectativas del futuro de este proceso, es importante que sigamos pujando por el, y que la fuerza que lleva este tren adelante venga desde abajo, que sean todos los vagones los que empujan, y no que, como a veces pasa, una locomotora se de el lujo de arrastrar los carros por las vías que ella elige y a la velocidad que quiere.

Necesitamos caminar solos


Ce-Acatl 64, septiembre de 1994

A veces siento que los indios esperamos
que llegue un hombre que todo lo puede
que todo lo sabe, que puede ayudar
a resolver todos nuestros problemas.

Pero ese hombre
que todo lo puede y todo lo sabe,
nunca llegará, porque vive en nosotros,
se encuentra con nosotros,
camina con nosotros.

Empieza a querer despertar,
aún duerme.

Eliana Lacerenza y Lisandro Amado

Los aborígenes en medio de la globalización

Las últimas generaciones jóvenes de las sociedades no indígenas nacen invadidas de tecnologías y medios de comunicación, con el cual van construyendo su identidad en un mundo plasmado de artefactos técnicos. Sin embargo, en la población joven perteneciente a comunidades indígenas se corre el riesgo de perder la cultura ancestral, ya que la implementación tecnológica a sus colectividades hizo que se fueran cambiando los modos de vida, hasta las maneras de construir su propia identificación.

Entendamos que los adolescentes no sólo están edificando su identidad de acuerdo a lo que vivieron en la tradición; costumbres, usos, creencias, lenguaje y vestimenta, sino que con la llegada de la globalización (proceso de expansión de la cultura europea y moderna a escala, como su nombre lo indica, global) están adquiriendo códigos globales que vienen desde los medios de comunicación o el uso de tecnologías.

Este proceso de definición identitaria resulta de por sí conflictivo pero en condiciones como las de los jóvenes indígenas resulta aún más complejo puesto que no sólo deben elegir sus referentes de identificación de elementos globales o tradicionales, sino que también deben ganar la aceptación de los adultos de su comunidad.

Ahora bien, el joven no solo se confronta a una cultura global, sino que además al estar introducidos en su tierras nativas se enfrenta al punto de vista de sus mayores. Aquí existe una discriminación, hasta me atrevo a decir que es una doble exclusión: una por ser joven; otra por ser indígena. La primera, por parte de sus mismos familiares; la segunda, por los blancos.

El enfoque del adulto siempre implica una visión negativa de la juventud a causa de que está en un proceso de madurativo, en busca de un sentido de pertenencia y de una identidad propia, porque está en la sangre de sus superiores querer continuar con lo tradicional pero, entonces es ahí cuando el adolescente hace una ruptura con su cultura y, al no tener apoyo familiar, optan por no reproducirla para luego meterse de lleno a una cultura consumista.



En esta imagen puede apreciarse la contradicción que hay entre las acciones de los originarios más grandes y sus posturas ideológicas, ya que hablan de que tienen un futuro perdido porque sus jóvenes están sometidos a un conocimiento más avanzada, a una cultura masiva, pero a su vez es tal el grado de invasión del proceso de globalización que hasta ellos mismos, quieran o no, consumen lo que les ofrece la cultura occidental o actúan de la manera que los hacen otros individuos.

No obstante, para los jóvenes indígenas o no, el consumo cultural es necesario porque es como una forma de identificación/diferenciación social y la consolidación de una cultura/mundo que repercute en los modos de vida, en el aprendizaje y en la interacción con los otros. Por otro lado, los medios de comunicación y las nuevas tecnologías son fundamentales en la configuración de nuevas formas de sociabilidad juvenil.

Al fin y al cabo, si la juventud aborigen no está en constante contacto con lo nuevo, con los medios de información y con los artefactos tecnológicos no tiene posibilidades de crecer en la esfera social, laboral y económica porque este conjunto de cosas son “indispensables” para el desarrollo humano. De ahí a que la globalización nos consuma a nosotros es otra cuestión a desarrollar aparte.

Eliana Lacerenza

domingo, 27 de junio de 2010

¿Globalizados o globalizadores?

Dice el sociólogo Daniel Mato que Felipe Tsenkush, un dirigente del pueblo Shuar de Ecuador, le comentó una vez en forma irónica que cada vez era mas difícil ser dirigente indígena. Decía que primero tuvo que aprender el idioma y las leyes de los conquistadores, con el tiempo debió aprender a viajar en avión, luego se vio en la necesidad de aprender a enviar un fax, y ahora a usar el correo electrónico.

En su artículo “Des-fetichizar la “globalización”: basta de reduccionismos, apologías y demonizaciones, mostrar la complejidad y las prácticas de los actores”, Mato nos da una muy interesante mirada sobre el fenómeno comúnmente denominado globalización, y como actúa en el caso de los pueblos originarios.

La mayoría de nosotros, al pensar en globalización, imaginamos la “M” de los McDonald’s instalada en ciudades de todo el mundo. Solemos ver este fenómeno como algo que va en una sola dirección, como una avalancha que nos envían desde los países “centrales” y nos aplasta a los habitantes de los periféricos, indefensos e inactivos.

Pero en ese texto, el autor explica cómo la globalización debe ser entendida como un conjunto de procesos sociales en los cuales se determinan relaciones entre actores sociales a niveles globales. No sólo lo que viene a nosotros globaliza; también nosotros podemos globalizar, y usar lo que nos esclaviza para nuestra liberación. Este blog es un ejemplo de ello. Yo escribo esto acá gracias a lo que las grandes empresas radicadas en Norteamérica y Europa crearon para su propio beneficio, dando vuelta la dirección del proceso de globalización.

Mato destaca la cooperación que se produce hoy entre comunidades aborígenes locales y diversos actores globales, como organizaciones de defensa de los derechos humanos, de defensa del medio ambiente, entes financieros y agencias gubernamentales de otras naciones. Así, logran ser escuchados y encontrar el apoyo que no reciben en sus propias naciones. Sin ir más lejos, en mi publicación anterior, en la cual mencioné el caso de un documental sobre los mapuches en el cual se los muestra como terroristas, e implícitamente se justifica el uso de la fuerza contra ellos, se podría incluir que desde la Organización de Naciones Unidas (ONU) se ha manifestado preocupación por el uso de la ley antiterrorista por parte del estado chileno, y los Comités de Derechos Humanos y de Eliminación de la Discriminación Racial de esa misma entidad recomendaron que esa ley deje de aplicarse en los conflictos de los mapuches.

En este sentido, podemos pensar la globalización “desde abajo”, en oposición a la globalización “desde arriba” que nos tiene tan acostumbrados.

En la película “La guerra por otros medios”, dirigida por Emilio Cartoy Díaz y Cristian Jure, la cual muestra claramente como los pueblos originarios están accediendo a los medios, (Y prácticamente nos ha servido de base para el desarrollo de este blog), podríamos tomar ejemplos de estos procesos de “globalización desde abajo”. Al comenzar la filmación, vemos un grupo de nativos del Amazonas, en su aldea, con una “notebook” con conexión a internet.

Utilizan el Google Earth (Para quienes no lo conocen, un programa de la poderosa compañía productora de “software” que sirve para ver cualquier lugar del mundo tal como si se estuviera viajando en avión sobre el, gracias a la recolección de infinidad de fotografías aéreas) para tener una vista general del área protegida en la cual viven, y así poder encontrar los lugares por los cuales entran a deforestar ilegalmente. Se ríen con ganas, porque en la pantalla aparece, flotando sobre las imágenes aéreas de su aldea, un cartel con algo sobre la defensa de los pueblos originarios escrito en inglés y una foto del jefe de la comunidad, quien sostiene la máquina frente a cada uno de sus compañeros.

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Ahí podemos destacar, como mínimo tres procesos de globalización. Uno, el de las empresas que van a tirar abajo sus bosques. Otro, el de la computadora y todos sus programas insertándose en su vida. Y otro es el hecho de que haya una imagen de Almir (Así se llama el jefe) al lado de un texto en el cual su problemática es difundida, puesta a disposición del mundo entero.

Entonces vemos como no hay que tenerle miedo a la globalización. Por el contrario, debemos usar los procesos globalizadores a nuestro favor. Un pequeño grupo de personas que vive en la selva y no se relaciona con nadie fuera de ella poco puede hacer contra las empresas transnacionales que van a explotar los recursos naturales; pero al tener la posibilidad de transmitir sus propios mensajes al mundo entero, pueden encontrar otra gente que vea la justicia de sus pedidos, y entre todos, hacer la fuerza para derrotar a los grandes intereses económicos también globalizados.

Sobre esa necesidad de transmitir los mensajes alrededor del mundo es que trabaja el proyecto “Video en las aldeas” (Video nas aldeias), tratado en esa misma película. Video nas aldeias surgió en 1987 desde la organización no gubernamental Centro de Trabajo Indigenista (Centro de Trabalho Indigenista), en Brasil. La idea era dar a los pueblos las herramientas para producir su propio material audiovisual, en contraste con la clásica idea de los documentalistas que iban desde afuera a registrar lo que veían de los aborígenes.

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El joven y apasionado cineasta guaraní tiene muchas ganas de mostrar la vida de su gente, pero los mayores suelen sentirse menos cómodos con el proyecto. Dicen que son cosas ajenas a ellos, y que no las deben hacer porque eso sería renunciar a su identidad. Pero en nuestro mundo inevitablemente global, ellos pueden seguir siendo lo que son, y ser aceptados, si y solamente si le permiten a
los demás saber sobre ellos, y tener su visión de lo que les pasa.

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Los jóvenes aborígenes se ven hoy en una situación muy particular. Están viviendo esta época de cambios veloces en las tecnologías, en las formas de comunicación y en los alcances de éstas, desde su lugar que siempre ha sido excluido del “progreso”, y, si logran usar esto para entablar relaciones más equitativas con el resto de la sociedad, van a tener la oportunidad de acabar con las ideas anticuadas que giran en torno a ellos. Hablo de los jóvenes en especial, porque son ellos quienes pueden adaptarse mejor a las novedades, y quienes pueden transmitir el mensaje de cambio que necesitan. Sólo mediante su “conexión” al “mundo”, lograrán que éste los vea, los comprenda y preste atención a lo que dicen.

Roxana Morduchowicz, en su libro “Los jóvenes y las pantallas: Nuevas formas de sociabilidad”, lo deja muy claro, al hablar sobre la relación de la juventud con los medios de comunicación:

La relación de los jóvenes y las pantallas no puede tampoco abordarse sin tomar en cuenta las brechas sociales que existen entre los jóvenes “conectados”, y los “desiguales y desconectados”. Los incluidos son quienes están conectados. Y sus otros son los excluidos, quienes ven rotos sus vínculos al quedarse si trabajo, sin casa, sin conexión. Estar marginado es estar desconectado. El mundo se encuentra dividido entre quienes tienen domicilio fijo, documentos de identidad y de crédito, acceso a la información, dinero, y por otro lado, los que carecen de tales conexiones. Para millones, el problema es ser incluidos, llegar a conectarse, sin que se atropelle su diferencia ni se los condene a la desigualdad.

Aunque la autora lo halla pensado en el sentido urbano de “juventud”, creo que esa visión de conectados y desconectados se ve fuertemente en los pueblos originarios. Para poder “ser”, “estar ahí”, es necesario tener información de lo que les pasa a los demás, y mas que nada elevar nuestra propia voz, que todos puedan oírla.

Lisandro Amado

No todo es negativo cuando hablamos de avances tecnológicos

Mucho tienen que ver las innovaciones tecnológicas en las diferencias sociales que existen en todo el mundo. Hay países desarrollados que cuentan con los avances de primera categoría porque de ellos se exportan al resto del globo. A algunos les llega de manera inmediata, ya que es una de las características: la rapidez. Otros las obtienen tarde o ni siquiera las reciben. Pero, poco a poco esa insuficiencia se va eliminando.

Un claro ejemplo de esto son las comunidades aborígenes, las cuales no eran tenidas en cuenta a la hora de “repartir los nuevos avances”, pero tanto lucharon (y luchan) por sus derechos que ya dejaron de ser primitivas para introducirse en el universo tecnológico. Lo que no quiere decir que estén insertos totalmente en la sociedad, aun continúan luchando por eso. Pero les resulta de gran ayuda para fomentar su cultura.

Los indígenas lograron, por fin, contar con estudios de radio, con cámaras, con televisores y una gran cantidad de herramientas para poder difundir sus formas simbólicas, tradicionales y culturales. Aquí, entró en juego la división del Espacio-Tiempo, donde ya no era necesario que los receptores estén en el mismo contexto que el emisor para poder estar informado.

No nos olvidemos que a partir del surgimiento de los medios de comunicación masivos, las culturas mediáticas se fueron transformando, ya sean las de los países del Primer Mundo como las del Tercer Mundo. De ahí la aparición del término MEDIATIZACIÓN, que implica una transformación constante de los significados de un texto a otro, de un discurso a otro o de un acontecimiento a otro. En fin, es la circulación del significado que constituye más que un flujo o salida.

Volviendo a los pueblos autóctonos, podemos ver en el documental: “La guerra por otros medios”, dirigida por Cristian Jure y Emilio Cartoy Díaz, que las tecnologías en estas aldeas es muy aceptada porque por medio de ellas pueden hacerse oír. En el video, uno de los testimonios es de un indígena del territorio Suruí, Amazonia, llamado Almir Narayamoga, Jefe del clan Gamep, donde afirma que “maloca digital” (una revista electrónica) es como si fuera su casa y la de su gente, porque a través de ella pueden cuidar su territorio usando la tecnología, usando internet.

Cuenta que el primer contacto que tuvieron con sociedades no indígenas fue el 7 de septiembre de 1969. A causa de ello, los blancos llevaron consigo una gran cantidad de enfermedades y epidemias lo que provocó muchas muertes, quedando así, reducida la población. Aquella vez, el encuentro fue brusco ya que empezaron a deforestar toda la zona para construir rutas y colonizar. En tres años pasaron de ser 5000 personas a ser solamente 250, en ese momento ellos pensaban que podían defender sus derechos con el arco y la flecha, pero se dieron que cuenta que no funcionaba y cambiaron ese método por notebooks y cámaras para poder reclamar y defenderse.

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A través de Google Earth pueden ver por dónde entran y qué zonas intentan deshabitar los hacendados, empresarios o madereros. Esto fue realmente un gran avance porque antes se turnaban para ir a cuidar el lugar y protegerla de los invasores, ahora las controlan mediante internet. Uno de ellos cuenta que los jóvenes no conocen la selva ni los peligros a los que está sometida, es por eso que les hacen ver videos que muestran cómo destruyen los recursos forestales para luego pastar y poner ganado.

Con todo lo dicho hasta el momento, quiero que todos aquellos que piensan que las tecnologías y los medios de comunicación solo sirven para distorsionar a las culturas establecidas y convertirlas en culturas masivas o mediáticas tienen una mirada errónea, porque de ellas se desprenden múltiples oportunidades, ya sean, laborales, comunicacionales, simbólicas, culturales, políticas o económicas.

A partir de hoy, creo que tenemos que dejar de lado esa subestimación o rechazo a los nuevos desarrollos de la tecnología para darle una buena y efectiva utilidad, porque al fin y al cabo, todo necesitamos de ellas para poder comunicarnos y difundir los recursos simbólicos que cada comunidad tiene. Y no sólo eso, sino que también no sirve para trasladarnos y a la vez estar informado, por ejemplo en el auto escuchando radio por el estéreo, o caminando con un mp3, hay muchas cosas de las cuales le podemos sacar provecho, todo el mundo tiene acceso, entonces no entiendo por qué todo el mundo se queja de ella.

Eliana Lacerenza

sábado, 26 de junio de 2010

La mediatización de la realidad aborígen

Una nota que leí hoy en el medio informativo electrónico mapuche www.mapuexpress.net, sobre un programa televisivo de Chile que, según denuncias de la agrupación de derechos humanos Liberar (www.liberar.cl) y del Observatorio Ciudadano (www.observatorio.cl), muestra una narración tergiversada de la realidad del pueblo mapuche, planteando su activismo como violento y terrorista, me hizo pensar en la mediatización.

La mediatización es un proceso por el cual, al ser transmitido, comunicado, a través de los medios, el significado de un hecho, o de un discurso, se transforma. Es decir, lo que sucede realmente, al ser “contado” por los medios de comunicación, o por las mismas personas, cambia. Como el juego del teléfono descompuesto, lo que nosotros podemos percibir de un hecho a través de lo que nos relatan instituciones o personas, está condicionado por la visión que ellos tengan del acontecimiento, y (muy importante) las relaciones de poder atravesadas en esa transmisión de información.

El programa, llamado “Contacto”, y emitido por el canal 13 de Chile, fue desarrollado por la Universidad Católica de ese país, y posiblemente, el hecho de que se muestre a los mapuches como terroristas (Según acusan los medios antes mencionados, se pusieron en escena argumentos de violencia y de peligro terrorista, sin explicar los problemas que sufre el pueblo mapuche y escondiendo el maltrato por parte de órganos estatales del que son víctimas) se deba a que los productores tienen interés en defender el accionar de la policía contra lo que consideran una amenaza terrorista.

Dicen que una imagen habla más que mil palabras, y para ejemplificar lo que dije, les voy a mostrar la realidad mapuche mostrada de dos maneras distintas:



(http://www.elmorrocotudo.cl/admin/render/noticia/13527)



(http://www.liberar.cl/web/index.php?option=com_content&view=article&id=165:canal-13-un-conacto-parcial&catid=10:editorial&Itemid=28)

Es notable como cambian los papeles entre una imagen y la otra. Sinceramente, no se cuando ni donde fueron tomadas, y si digo que es la policía chilena siendo atacada ferozmente o reprimiendo ferozmente (Según del punto de vista que se lo vea) por o a manifestantes mapuches, es porque confío en las fuentes que nos las proporcionan.

Esto nos habla claramente de la mediatización. La fotografía es una muy buena prueba de cómo funciona, porque al reproducir casi exactamente lo que se ve, suponen una narración muy buena y objetiva del hecho. Pero hay que tener en cuenta que el fotógrafo nunca va a tener una visión global y absoluta del acontecimiento, y además elige que es lo que quiere registrar, y de esa selección, a su vez, otros elegirán que se publica, y que no.

Cualquiera de esas dos fotos podría estar ilustrando la misma noticia, sobre una manifestación mapuche, pero la primera no nos va a causar la misma impresión que la primera.

Lamentablemente, estos procesos de mediatización suelen actuar muy desfavorablemente para los pueblos originarios. Si mal no recuerdo, la marcha por el bicentenario de los pueblos fue presentada por algunos canales de televisión, haciendo hincapié en las calles que se cortaban, y no en las razones que los llevaban a estar ahí.

La mediatización de lo aborigen se produce en todos los ámbitos por los cuales nos llega información sobre ellos, y a un nivel muy alto. Lo que los libros y los documentales suelen contarnos sobre ellos es el producto de lo que los investigadores y periodistas “blancos”, ven de los aborígenes. Muy pocas veces son ellos los que tienen la posibilidad de contar lo que les pasa y lo que hacen, mostrándose como ellos quieran, y las narraciones que se difunden en torno a ellos están impregnadas de visiones e intereses que les son ajenos.

Por eso es muy importante que, en la pregonada era de la información, las colectividades autóctonas puedan producir y distribuir sus propios mensajes, y así lograr que todos tengamos una visión más auténtica de lo que sucede.

Por Lisandro Amado

Desde las raíces

Hace cientos de años los primeros habitantes que pisaron fuerte nuestras raíces fueron los indígenas y después los gauchos, hoy en día no se sabe quiénes son, ya que ha habido (y sigue habiendo) una población cosmopolita, a partir del Siglo XX, y desde entonces no se supo distinguir nunca más a los verdaderos representantes de nuestras tierras.

¿A quiénes les pertenecen entonces las raíces de este pueblo? ¿A los inmigrantes, a los políticos, a los medios de comunicación? Porque parecen haber desaparecido del mapa los habitantes legítimos, quienes hicieron nuestra Patria.

Antes del contacto con el hombre blanco, consideraron a los indios y a los gauchos como la figura del país. Pronto surgió una disputa del nacionalismo cultural por cuál de estos dos grupos sociales debería representar la esencia de la Nación. Pero con el advenimiento de los extranjeros, esta discusión quedó en el olvido.

En este análisis solo hablaré de los aborígenes, a los gauchos los dejaré para otra ocasión.

Antiguamente, los caciques (que significa: “El Señor responsable o autoridad de los hombres”) eran quienes tenían el poder por sobre los otros. Gozaban además, del dominio de los territorios, de las armas y de las mujeres. Como sucede en la actualidad, claro que sí, pero de una manera muy distorsionada y sin dinero de por medio.

Ningún indígena hubiese sido capaz de reclamar falta de alimento, de vestimenta, de un techo o falta de atención, simplemente porque no tenían la necesidad, no existía el depender de alguien para poder hacer y deshacer sus vidas a sus antojos. Eran primitivos que pasaban sus días felices sin políticos mentirosos, sin medios de comunicación ni tecnologías.

Hoy en día, a los que quedan de ellos, les pasa todo lo contrario. Sufren de una exclusión permanente, mueren por desnutrición o enfermedades, los usan solo por interés –generalmente para fines políticos-, se acuerdan de que existen en épocas de campaña electoral. ¿Y después? Después cada uno por su lado, los políticos ganando un lugar en el gobierno; los aborígenes intentando salir adelante sin ayuda alguna. Esto es el poder ahora.

Más que nada, lo que me interesa es la gran transformación del poder, ya que en el pasado tenían poder casi absoluto de las tierras que, con el paso de los años y con la llegada de inmigrantes, principalmente de españoles, ese poder se fue destruyendo. Empezaban a quitarles las tierras para adueñárselas y, por supuesto, trabajarlas ellos.

Por encima de esa tradición y ese poder simbólico, se fue construyendo otro, o mejor dicho, se fueron construyendo muchos otros símbolos y culturas. Esa huella autóctona se fue borrando: lo primitivo se fue acabando, se fueron muriendo las selvas para convertirlas en barrios. El arco y la flecha… ya no significaron nada.

Cabe destacar que lo mencionado en el párrafo anterior hace referencia a que la masa inmigratoria no le dio importancia a esas costumbres. Obviamente, los pueblos autóctonos sí, es más, todavía ellos conservan muchas de esas cosas. Tales como los rituales, las pinturas en sus rostros.

Aunque también han aceptado que los avances tecnológicos se sumerjan en sus comunidades, lo que les resultó de gran ayuda para poder desarrollarse intelectual y socialmente. Estos progresos los afectaron de manera positiva.

Sin embargo, la división que sufrió El Poder (en: Simbólico, Coercitivo, Económico y Político) los afectó negativamente, ya que, tomaron a otros objetos y costumbres como valor simbólico difundiéndolo a través de los medios de comunicación. Lo de ellos ya no tenía significado alguno.

Por otro lado, el poder político y el coercitivo van de la mano, porque los gobernantes necesitan de la fuerza militar para poder reprimir cuando lo creen necesario. Este fue uno de los cambios más drásticos que tuvieron que soportar las comunidades nativas, puesto que, en el momento que más necesitaron de ese poder para lograr subsistir fue cuando estos hicieron oídos sordos, con la ayuda de los medios informativos que, disimularon la problemática.

Por último, el poder económico, que también trajo consecuencias graves. Este poder, está ligado fuertemente con el político. Prácticamente, afectó a casi todas las tierras nativas, a causa de que las comenzaron a desertar para construir sobre ellas casas, edificios y fábricas, dejando atrás una identidad perdida.

Para cerrar, me parece que no es menor el significado de este poema:

Ce-Acatl 64, septiembre de 1994

No quiero morir

No quiero morir,
quiero participar del nuevo día
y del nuevo amanecer.

No quiero morir,
quiero disfrutar las nuevas flores
y los nuevos cantos.

No quiero morir,
quiero leer los nuevos libros,
quiero contemplar el resurgimiento de la
nueva sabiduría.

No quiero morir,
quiero recuperar el vigor y la fuerza
quiero recuperar mis raíces.

Jamás abandonar esta existencia.

Si me introduzco en la piel de ellos, puedo sentir en carne propia que no quieren ser olvidados, que quieren recuperar su lugar de donde nunca deberían haber sido destituidos, que quieren y necesitan gozar de sus derechos como cualquier otro ciudadano.

Puedo ver también que necesitan un abrigo, estoy hablando de un abrazo, de esos que calientan el alma, que hacen que te sientas con fuerzas, con ganas, que te alientan a seguir la lucha diaria que tanto cuesta.

No los olvidemos, ni los dejemos morir, ellos nos necesitan.

Eliana Lacerenza

viernes, 25 de junio de 2010

¿Y los pueblos originarios?



(http://elunoauno.blogspot.com/2008/07/patoruz-vs-la-inflacin.html)

¿Alguna vez alguno de ustedes vio a un tehuelche de poncho y boleadoras discutiendo con empresarios de la carne?

Yo tampoco.

Es que… ¿Dónde están los “indios”? ¿Qué pasa con ellos en la actualidad?

“Yo la otra vez, para los festejos del bicentenario vi que hicieron una marcha, dijeron por la televisión que cortaron calles en Buenos Aires… En la escuela aprendimos un poco sobre ellos, nos dijeron que en la guerra del desierto el murieron muchos, pero la verdad que sobre su actualidad no se nada”

Si tu respuesta a mi pregunta se parece a esa, está bien, no es tu culpa.

No es culpa tuya que no se hable jamás de la gente que habitaba estas tierras antes que llegaran los barcos cargados de europeos, ni de los que aún luchan por conservar estas antiguas culturas que poco y nada de malo tienen. Tampoco lo es que los ciudadanos argentinos que descienden, no de los barcos, como dijo una vez el escritor Octavio Paz, sino de los kollas, de los mapuches, de los guaycurúes, de los guaraníes, y de muchos otros grupos étnicos y culturales, se sientan excluidos , no tenidos en cuenta dentro de la nación de la cual forman parte.

Es muy común decir que la Argentina es un país multicultural, un crisol de identidades distintas, entre las cuales contamos siempre a los españoles, a los italianos, a los alemanes, a los polacos, a los turcos y a gente de otros parajes lejanos e ignotos para nosotros, y olvidarse de las otras naciones que también son madres nuestras, esos pueblos que no vinieron de tan lejos, como mucho, quizás, desde el otro lado de la cordillera, o que ni siquiera se movieron de su lugar de origen, pero igualmente terminaron siendo extranjeros, en la tierra que los vio nacer.

Como estudiante proveniente de Bolívar, un pueblo de la provincia de Buenos Aires conocido por algunos historiadores por ser el lugar donde las tropas del viejo y poderoso cacique Calfulcurá (“Piedra azul”, en mapudungún, idioma mapuche) fueron finalmente derrotadas por el ejército argentino, pero conocido por muchísima mas gente por ser el lugar de nacimiento de Marcelo Tinelli (De quien supongo no es necesario aclarar su identidad) y además como hijo de un gran consumidor de libros de historia regional, mi idea de “aborigen” siempre fue de gente que vivió en esos campos por los que antes se paseaban los ñandúes como ahora lo hacen las cosechadoras, y que había muerto, se había ido a otras tierras, o se había incorporado como pudo a “la civilización” (Cómo quizás le haya pasado a alguno de mis ancestros).

Tenía alguna vaga idea sobre gente que aún viviera como indica su tradición, manteniendo su lengua y sus costumbres. Después de todo, nunca veía nada acerca de ellos en la televisión, ni en los diarios. A lo sumo en los canales de documentales hablaban de comunidades aborígenes, alguna perdida en el medio del Amazonas, otra en algún lugar de África… Siempre lejanas, apartadas de nuestra vida, presentados como “la gente que no vive como nosotros, la gente rara”, como si nuestra cultura fuese lo que es “natural”, y lo que no es como ella, algo raro, que llama la atención. Si todo esto está instalado entre nosotros es simplemente porque es lo que se nos inculcó desde chicos, como también se lo inculcaron a nuestros padres y abuelos. En palabras más exactas, es lo hegemónico.

La real academia española define a la palabra hegemonía como “Supremacía de cualquier tipo”. Se denomina hegemónicos a los valores, ideas, formas de pensar y ver el mundo que están instaladas, las cuales nosotros aceptamos sin pensar demasiado porque lo hacemos, simplemente porque es lo que todo el mundo acepta y nadie discute.

Pero, ¿Cómo y por qué se instalaron estos conceptos hegemónicos sobre los pueblos originarios?



(http://www.educima.com/es-colorear-dibujos-imagenes-foto-indio-i6510.html)

Poder, discursos, medios y tecnologías de comunicación.

Para poder ver lo que pasa con los pueblos originarios, tenemos que entender que la cultura, es decir el conjunto de las cosas en las que creemos, lo que comunicamos, lo que se nos enseña, y lo que nos identifica como un grupo de personas, está basada en una variedad de discursos.

Un discurso es, básicamente, una idea que se plantea, algo que se dice, que puede ser aceptado o no. No todos ellos son igualmente fuertes. No es lo mismo algo dicho por cualquiera de nosotros, que algo dicho por gente famosa en la televisión, o los diarios. Seguramente si lo dice mucha gente, y más si son personas reconocidas, ese discurso va a tener mucha mas fuerza que si lo dijera uno de nosotros. Ahí es donde entra en juego una idea muy importante que es la del poder.

El poder no es un ente abstracto, una cosa que está ahí y actúa por si sola, ni tampoco es algo que está en manos de una persona y esa persona hace lo que quiere. El poder también es una construcción social, y se alimenta a si mismo, construyendo herramientas para poder seguir siendo aceptado. Me parece que sería útil mostrar la clasificación de los poderes que hizo el sociólogo estadounidense John Thompson: El poder económico, como el de tener la habilidad de manejar actividades productivas, el poder político, como la capacidad de organizar a las personas, el poder coercitivo, que es el de usar la fuerza física, para lastimar o amenazar a otras personas, y el poder simbólico, que es el de influenciar a los individuos para que actúen de determinadas maneras, y de hacerlos creer que lo que hacen es lo correcto.

De esa clasificación puede verse que la idea de poder es básicamente la de tener capacidad para hacer que otra gente haga o no haga cosas, ya sea ofreciéndole dinero, organizándola para actuar en conjunto, amenazándola o castigándola físicamente, o convenciéndola de que eso que uno quiere que haga es bueno para si mismo. En ese último punto se basa la fuerza que los medios de comunicación, o podríamos llamarlos de producción y transmisión de discursos, poseen sobre nosotros.

Estos medios son no sólo la televisión, el diario y la radio, sino todo lo que afecta nuestra manera de pensar, de actuar y de percibir el mundo. La educación, la religión, el arte, el espectáculo y todo lo que pueda ser considerado comunicación, por pequeño que sea, está incluido dentro de la compleja red de los discursos y los poderes. Las nuevas tecnologías de la comunicación van cambiando la forma en la que esos medios trabajan, y cómo los discursos circulan. De hecho, la tecnología de internet y de los blogs me permite estar comunicando esto que escribo, y da posibilidades de que individuos poco poderosos tengamos la posibilidad de emitir nuestros discursos.

No se necesitan cadenas ni jaulas para encarcelar a las personas

Después de lo dicho, queda claro que nuestra cultura está conformada por discursos que no son favorables a los pueblos originarios, que no los tienen en cuenta o incluso los defenestran, y por esa razón es que cuando nos preguntamos sobre ellos no sepamos nada, apenas tengamos, con suerte, noción de su existencia.

Desde los primeros contactos entre europeos y nativos americanos es que se vienen dando estos procesos, íntimamente relacionados con lo que se llama dominación cultural. Creo que todos sabemos que durante la colonización de América, los europeos y sus descendientes pusieron mucho empeño en que los nativos aprendieran el idioma y la religión que trajeron ellos. Y eso no significa solamente que cambiaron su forma de hablar y sus creencias.

El lenguaje y la iglesia son fábricas de discursos, de las cuales las personas asimilan formas de pensar, de ver el mundo y de crear. Reglamentan que es lo que puede aceptarse y que es lo que no. Ustedes dirán “Si, es verdad que la religión impone reglas y conceptos sobre las personas, pero ¿Por qué el lenguaje también?”. El habla de un pueblo es una parte fundamental de su identidad, de la visión que los individuos tienen de su entorno, y de la manera en la que se comportan. Cualquiera que haya dialogado con alguien cuyo idioma natal y de uso habitual no sea el español comprenderá lo que digo. Seguramente alguno de los que lea esto ha estudiado inglés y le resulta muy difícil “pensar” en ese idioma. Entonces imagínense lo que habrá sido para los diferentes pobladores de lo que hoy es Argentina, cuyas lenguas no tenían relación en absoluto con el español.

Los discursos fueron y son una herramienta de dominación, quizás más importante que las espadas y las cadenas. Mediante ellos se ejerce el control, y además se lo legitima, se instaura la idea de que ese control es algo positivo, e incluso se inculca a los dominados para que sigan reproduciendo ese control sobre si mismos, alabando al Dios importado y hablando la nueva lengua. Incluso los dominadores creen que están haciendo el bien, “llevando el progreso a los atrasados”. Pero los “atrasados” no podían usar eso que se les otorgaba sino para su propio dominio. Cuando Argentina se configuró como un estado independiente, la relación con los originarios no cambió, ellos no formaban parte de ese nuevo estado, y cuando esta nueva nación necesitó extenderse, crecer, se los declaró enemigos imperdonables, y se los combatió por todos los medios, aniquilando sus culturas, y asesinando a los que quisieran conservarlas.

Claro, por supuesto, el genocidio que ocurrió en el centro de nuestro país fue en aras de la civilización y el progreso.

Y de ahí en adelante, se dejó de hablar de ellos. Como si este vasto territorio hubiera estado poblado por españoles, hasta que llegaron los inmigrantes de todo el mundo, como si por las venas argentinas corriese solo sangre importada.
El país quedó constituido en torno a Buenos Aires.

Algunos se hicieron “civilizados”, incluyéndose en la “sociedad argentina”, pero siempre en los estratos mas bajos de ella. Y lo poco que quedó de las comunidades autóctonas, lejos de la capital, estaban allí, pero a nadie le importaba, porque “Tienen una forma de vida primitiva, están bien viviendo sin contacto con nosotros”. Las empresas podían ir y comprar sus terrenos, porque ellos estaban ahí, pero nadie lo notaba, eran parte del paisaje: insignificantes, inútiles, invisibles.



(http://pe.kalipedia.com/fotos/grupo-guaranies-mision-san.html?x=20080803klphishbo_25.Ies)

¡Llegó la hora!

Hoy, nuestras mentes comienzan a abrirse con respecto a todo esto. Comenzamos a olvidar la idea del “buen salvaje”, de Patoruzú, de las cámaras del National Geographics mostrándonos las asombrosas costumbres de las aldeas del amazonas, y entendemos que un aborigen puede ser presidente de una nación y reivindicar su cultura, como ha ocurrido en Bolivia, y que los pueblos originarios necesitan de herramientas para poder ganarse su lugar en la sociedad.

Si pueden acceder a los medios de comunicación, de producción y transmisión de discursos, el flujo cultural que siempre fue en una sola dirección, desde la cultura occidental hacia ellos, ahora podrá ir en ambas direcciones, produciendo así una pluralidad en la cual nadie esté obligado a aceptar lo ajeno como propio. Y este cambio empieza acá, en nuestras cabezas, en nuestras palabras, dándonos cuenta de que las ideas que excluían a los pueblos originarios ya no van más, transmitiendo estos mensajes, y logrando que se cree una conciencia social que aceptará los cambios y trabajará para que se produzcan. No es cuestión de esperar que alguien venga y nos diga lo que hay que pensar. Hay que poner en duda lo establecido y decidir si es correcto o no.

Por eso les agradezco mucho que hayan leído hasta acá, y les pido que divulguen, que concienticen sobre este tema, así podemos derrotar las visiones anticuadas. Además les pido que lo hagan con un espíritu crítico, diciendo si estoy equivocado en algo, y ayudando con responsabilidad a que (Lo voy a decir aunque la frase esté muy quemada) construyamos una sociedad más justa.



(http://revistaqum.com.ar/author/matias-torno-1/2009/10/)

Por Lisandro Amado